Feministas por la abolición de la prostitución

Cuando hablamos de trata, hablamos de prostitución

 (Graduada en Trabajo Social)

“…cuando la gente se movilizó en favor de la abolición de la esclavitud en los siglos XVIII y XIX no tenía la ilusión de que dicha reforma hiciera el mundo perfectamente justo. Su reivindicación era más bien la de que una sociedad con esclavitud resultaba totalmente injusta. (…) Fue el diagnóstico de la esclavitud como una injusticia intolerable lo que hizo de su abolición una prioridad arrolladora…” Amartya Sen- La idea de la justicia.

Recordemos que hablar de trata es hacerlo sobre la esclavitud, de la compra venta de seres humanos y su tráfico para ser explotados en trabajos forzados, como soldados, en el comercio sexual, la venta de órganos, mendicidad… Hablamos de personas a las que se ha desposeído de su humanidad y se las ha cosificado como mercancía. Y en esta condición, una vez vaciadas de toda su dignidad, son aprovechadas por los traficantes de personas para su uso y abuso, por todo aquel que lo desee, participando con ello del negocio de la esclavitud, aún vigente en pleno siglo XXI en un mundo globalizado donde coexisten sin fronteras tantas formas de explotación que son contrarias al ejercicio de la ciudadanía y a la propia democracia.

Hablamos de trata a partir del Protocolo de Naciones Unidas del 2000, es uno de aquellos eufemismos que se lanzan desde las instituciones que son un previo para abordar con distancia los temas vergonzantes. Hablar de esclavitud, sus cifras y consecuencias cuando se ha perdido la inocencia y sabemos que no existe lo irremediable, que es posible su erradicación si de verdad se intenta, requiere de cierta distancia en el lenguaje para continuar en el empeño. mundo globalizado donde coexisten sin fronteras tantas formas de explotación que son contrarias al ejercicio de la ciudadanía y a la propia democracia.

El Día Mundial contra la Trata, celebrado el pasado 30 de julio, quiere hacer visible la hiriente realidad. Y que si bien transitan libremente las innovaciones técnicas, las mercancías y los capitales financieros, hay inexpugnables barreras para el tránsito de las ideas morales, amparadas en la diversidad cultural como mejor coartada para ocultar los intereses económicos de grupos de poder mafiosos. La esclavitud sigue vigente, adopta nuevas formas, y su horror en cifras afecta a millones de personas, la mayoría mujeres y niñas y niños en contextos de pobreza y de falta de oportunidades. Es el negocio más lucrativo después del tráfico de drogas.

La trata para el comercio sexual es un problema de escala global que establece unos vínculos perversos entre los países pobres como proveedores de cuerpos y los países más ricos como consumidores de sexo de pago. Es un negocio tan millonario que llega a incidir en el PIB de un país a partir de actividades de ocio sexual o del turismo sexual.

Cada año entran en España entre 40.000 y 50.000 jóvenes para ser usadas con ese fin. En Europa son 500.000. Es un problema que tenemos en casa, oculto entre luces de neón.

Cuando hablamos de trata conectamos con temas como migración o extranjería y situamos el problema fuera de nuestras fronteras. Para reconocer el problema tenemos que identificarlo dentro de nuestros propios códigos culturales. Plantear la trata como prostitución nos obliga a salir de nuestra zona de confort y nos implica como sociedad en el problema. Existe y se desarrolla en nuestras calles, junto a nuestras casas, es la prostitución de siempre y sus clientes son nuestros vecinos.

Para los movimientos feministas en su lucha por la igualdad entre las personas, la erradicación de la prostitución ha sido históricamente uno de sus objetivos y no encuentran motivos por los que se deba renunciar. En su análisis del problema se centra en las consecuencias de la actividad para las mujeres, sobre su salud física, social y moral.Y también en las consecuencias para toda la sociedad cuando se opta por una actividad esclavista en un sistema democrático.

La trata es un acto criminal y los mecanismos para afrontarlo solo pueden ser coercitivos y punitivos, de tipo legal o policial y dentro de un marco de colaboración internacional. Ahora bien, si hablamos de prostitución, de la actividad, es decir de la acción de venta o alquiler de cuerpos de mujeres para uso sexual mayoritariamente por los hombres, la intervención para su erradicación solo puede ser a través de las políticas.

Para que se hagan políticas es imprescindible que una actividad sea vivida como problema, pero en ambos casos nos es ajeno y aceptamos la falacia de que ambos sucesos son inabordables. La prostitución está naturalizada, ha sido considerada como un modo de supervivencia de las mujeres debido a su género y es una actividad que sirve de control social de la sexualidad tanto femenina como masculina y se construye sobre un fuerte componente simbólico.

Como actividad, la prostitución, plantea un importante dilema ético y político.Como negocio, desde una perspectiva económica, ha pasado de ser algo residual en los años setenta, a una megaindustria que genera beneficios billonarios y ninguna plusvalía social. Desde la perspectiva antropológica decide el tipo de sociedad y los modos relacionales entre las personas. Por lo tanto, lo que se aprecia es una clara disonancia entre la gravedad y la complejidad del problema por sus cifras y su escala global y la escasa preocupación social por el mismo. Esto impide que sea valorado como problema para su inclusión en la agenda política. Juntamente con el hecho de que en él coincidan su naturalización como actividad, con los grandes intereses económicos y con su funcionalidad para mantener las desigualdades entre hombres y mujeres.

La prostitución es un problema complejo con múltiples niveles de análisis, pero es necesario desmontar la falacia de su inabarcabilidad. Para ello tenemos que saber que estuvo a punto de desaparecer en los años setenta en el territorio español y ya antes, las cifras de la actividad habían bajado en gran parte de Europa. Esto fue debido en gran parte al desarrollo de un sistema democrático con unas relaciones más igualitarias entre sexos, y una menor desigualdad entre clases sociales, lo que equivale a decir que hubo una mayor distribución de la riqueza. Junto a la libertad sexual después de la dictadura, la incorporación masiva de la mujer al mundo del trabajo, y el desarrollo del Estado del Bienestar, fenómenos que provocaron cambios culturales y de consumo.

Que en la actualidad sea un negocio en expansión coincide con la hegemonía a partir de los años noventa de la ideología neoliberal y sus teorías al respecto del libre mercado, y el fenómeno de la globalización y la circulación de personas, con las dificultades que introduce para la legislación internacional. A esto se suma las expectativas de negocio y el uso de los medios como altavoces de una determinada ideología que condicionan los modos culturales de ocio y consumo, para los cuales el sexo es un consumo más y los cuerpos de las mujeres una mercancía.

Urge una reflexión del tema desde una opción progresista, que cuestione el orden establecido y lo aceptado como natural, que nos saque de nuestra comodidad. No podemos dejar la comprensión del fenómeno a los intereses de los medios y su representación a un sector minoritario de las mujeres que se prostituyen y como tal, creemos que debemos centrarnos en cuáles son las políticas más apropiadas para su abordaje.

Debemos aceptar que la prostitución como problema debe plantearse desde la ética; en base al ideal de sociedad que queremos construir. Y desde la política ponerlo en relación con los sistemas de distribución de riqueza, con las políticas laborales y con las políticas comunitarias. Necesitamos de manera urgente una Ley de Paz para las Mujeres.

Deben ser legitimados todos los actores; las prostitutas y las supervivientes; los hombres no consumidores de sexo pagado; y los millones de mujeres que no queremos ser prostituidas. Todos estamos invitados.

Es imprescindible incidir en la demanda y modelar un nuevo tipo de cultura que desmonte la necesidad de un sexo como ocio deshumanizado, sin responsabilidad alguna sobre el uso cuerpos ajenos.

Es imprescindible visibilizar la acción de las mafias y sancionar el consumo, pero la sanción que más pesa es la sanción social. Y como se ha podido comprobar en aquellos países abolicionistas la sanción solo funciona si se acompaña de medidas a favor de las mujeres, medidas de acompañamiento, restaurativas y económicas para su supervivencia.

Fuente: http://www.elsocialistadigital.es/opinion/item/10005-cuando-hablamos-de-trata-hablamos-de-prostitucion.html (02/08/16)

Feminismo y prostitución

Marina Pibernat Vila | En el contexto actual de creciente desigualdad, como en Barcelona, florece el discurso legitimador de la prostitución.

El debate sobre prostitución no es nuevo dentro del feminismo. Esta vieja institución socio-económica ha atravesado sin problemas los sucesivos sistemas políticos, culturales y de producción que se han dado a lo largo de la historia.

Limitándonos al contexto europeo, en el s. XVIII feministas e ilustradas -como Mary Wollstonecraftu Olympe de Gouges– asistieron al acontecer del nuevo orden social ligado a la eclosión del capitalismo industrial. A inicios del s. XIX pudieron dar cuenta de cómo aquellas transformaciones habían afectado a las mujeres. Habían sido excluidas de los grandes discursos filosóficos de la igualdad que motivaron y legitimaron ideológicamente los cambios sociales, políticos y económicos, pero sufrieron todas las desventuras que la acumulación de capital produce. Por ejemplo, el aumento de la prostitución, que se nutrió de la miseria urbana y desprotección social de las mujeres.

En 1840, Flora Tristán denunció en Mujeres Públicas el funcionamiento de las redes de proxenetas y burdeles de Londres. Describió amargamente los mecanismos de engaño y captación de mujeres jóvenes. Alejadas de sus familias, eran retenidas en los burdeles; primero los importantes y, a medida que su salud se resentía, eran trasladadas a otros de más baja categoría. Unos diez años después, morían a causa de múltiples enfermedades.

Tristán señala como culpables a los industriales de la época y su hipócrita moral corrompida por la riqueza generada por el nuevo modelo económico liberal. Mucho después, Carole Pateman definiría la prostitución como una práctica por la que los hombres se aseguran el acceso grupal y reglado al cuerpo de las mujeres. Este acceso depende del capital del que se disponga, así que se trata de una cuestión intrínsecamente relacionada con el reparto desigual de la riqueza.

Con el sufragio, feministas de clase alta como Emmeline Pankhurst, educadas para no ser más que las respetables esposas sin voz ni voto de los industriales, denunciaron la doble moral sexual de sus esposos y hablaron en favor de la abolición de la prostitución. Como ocurre a las abolicionistas hoy día, fueron acusadas de puritanas. En 1921, la feminista y comunista Aleksandra Kolontái describió la prostitución como una oscura herencia capitalista sin cabida en una sociedad basada en la igualdad social y económica.

A mediados del s.XX se publicó El Segundo Sexo. Simone de Beauvoir analizaba ahí la consideración social de las mujeres, incluyendo la prostitución y contemplando la vieja figura de la hetaira. Como la geisha, la hetaira es la prostituta que ve aumentado su valor de mercado gracias a la distinción de la opinión y las habilidades artísticas. Es la prostituta hecha a medida de la élite cultural y económica. Y ésta, a su vez, la  proyectó para el consumo cultural masivo con la “vedette” del star system hollywoodiense.

La más pobre de las putas, distinguida de las hetairas, la geisha y el mito de Marilyn Monroe  -así como la contrapartida de todas ellas, la figura de la esposa y madre abnegada- tienen en común  una existencia definida por su sumisión a los intereses sexuales, afectivos, reproductivos y sociales de los hombres. Y esto no cambiará por mucho que llamemos “trabajadora sexual” a la prostituta.

Actualmente encontramos voces defensoras de la prostitución como salida laboral para las mujeres con pocas alternativas, alegando que es una profesión como cualquier otra, a la que hay que reconocer unos derechos laborales cuando se ejerce libremente. Estos argumentos descansan indefectiblemente en el ideal liberal de la libre elección, una mina de oro legitimadora para multitud de discriminaciones.

No sorprende esta reelaboración de la legitimación, que se concreta a la práctica en una mejora del servicio y más respetable acceso grupal y reglado de los hombres al cuerpo de las mujeres. Pero es irónico que precisamente la regidora de feminismos del ayuntamiento de Barcelona, Laura Pérez, sostenga estos argumentos, que demuestran una preocupante falta de conocimiento de la historia y teoría feministas. Recientemente Pérez criticó una iniciativa abolicionista del Movimiento Democrático de Mujeres por su ligereza, partidismo y comodidad. “Las prostitutas también son mujeres” dice, como si las feministas abolicionistas arriba mencionadas no lo hubiesen notado.

Contrariamente a la tradición feminista, Pérez bien se guarda de señalar el origen de la prostitución: el derecho tácito del hombre a acceder al cuerpo de las mujeres mediante el pago. Su defensa de los derechos laborales de las prostitutas esconde eficazmente la aceptación de la demanda masculina de mujeres. Nada más ligero, partidista y cómodo que obviar las causas y actuar sobre las consecuencias, y nada más cínico que hacerlo con aires filantrópicos mientras se acusa a la oposición de no querer mejor la situación de las prostitutas.

En el contexto actual de creciente desigualdad, como en Barcelona, florece el discurso legitimador de la prostitución. Desde activistas hasta intelectuales pasando por representantes políticas se esfuerzan por defender esta institución basada en la sumisión de la mujer y la desigualdad económica, presentándola socialmente como una opción liberadora cuando se elije por voluntad propia. Pero ¿Quién se beneficia? Fácil: el cliente. Ciertamente, los  engaños del proxenetismo se han sofisticado muchísimo desde que Flora Tristán paseaba por Londres.


Marina Pibernat Vila es miembro del Movimiento Democrático de Mujeres (MDM)

Fuente: http://www.nuevatribuna.es/articulo/sociedad/feminismo-y-prostitucion/20160428121634127822.html


Grabaciones Congreso Internacional

sobre Trata y Prostitución

Ya están disponibles las grabaciones del Congreso Internacional sobre Trata y Prostitución organizado por el Observatorio de Igualdad de Género de la URJC los pasados 31 de marzo y 1 de abril. Se trata de cuatro grabaciones, mañana y tarde de cada uno de los dos días.

Vídeo 1 (31 de marzo, mañana):
Apertura e inauguración| Conferencia inaugural| Mesa 1: Trata de mujeres con fines de explotación sexual| Mesa 2: Prostitución de mujeres. [Ver aquí]

Vídeo 2 (31 de marzo, tarde):
Comunicaciones académicas. [Ver aquí]

Vídeo 3 (1 de abril, mañana):
Mesa 3: Marco legal de prevención, protección y estrategias de salida| Mesa 4: Propuestas y recomendaciones. [Ver aquí]

Vídeo 4 (1 de abril, tarde):
Comunicaciones académicas|Conclusiones y cierre. [Ver aquí]


Francia penaliza al cliente de prostitución tras un largo trámite parlamentario

El Senado, de mayoría conservadora, ha bloqueado el cambio legal hasta tres veces

Gabriela Cañas

La firme oposición del Senado, de mayoría conservadora, ha dilatado enormemente el trámite parlamentario de la ley que penaliza al cliente de la prostitución en Francia. Hasta tres veces ha rechazado la Cámara Alta la propuesta socialista que, por fin, ha quedado este miércoles aprobada. A partir de ahora, ya no serán multadas las prostitutas que buscan cliente en las calles del país, sino los que adquieran sus servicios. La multa será de 1.500 euros; 3.750 en caso de reincidencia. Francia imita así las normas en vigor establecidas ya en Suecia, Islandia y Noruega.

La propuesta de 120 diputados socialistas (en línea con una promesa electoral del presidente François Hollande) de “reforzar la lucha contra el sistema de prostitución” penalizando a los clientes se presentó y se aprobó en primera lectura a finales de 2013. Desde entonces, una enconada controversia dentro y fuera del parlamento ha frenado el cambio legislativo que este miércoles ha visto la luz, de manera definitiva, en la Asamblea Nacional. Algunos de sus más firmes detractores lo consideran una “aberración jurídica”. No entienden cómo se penaliza al que compra y no al que vende. Hasta ahora, la situación es la contraria: solo las prostitutas son multadas.

El debate sobre este asunto empezó en realidad en 2010 en un país abolicionista que prohibió los burdeles en 1946 tras servir estos a los ocupantes alemanes. “Este es hoy un combate contra la fatalidad de los que todavía consideran que la prostitución es el oficio más antiguo del mundo”, ha dicho en la Asamblea la ministra de Derechos de la Mujer Laurence Rossignol. En la Cámara Baja, la que tiene la última palabra frente al Senado, la izquierda cuenta con el apoyo decidido de Guy Geoffroy, del principal partido de la oposición, Los Republicanos. Este diputado que lleva años clamando contra el comercio del sexo. La prostitución, dice, es “la violencia más insostenible y antigua” y beneficia fundamentalmente a proxenetas y tratantes de personas.

En medio del largo trámite, el juicio por proxenetismo contra el exdirector del Fondo Monetario Internacional (FMI) Dominique Strauss-Kahn, del que salió absuelto, ha sido una de las bazas fundamentales del cambio legislativo. Así lo considera, por ejemplo, la Asociación Equipos contra el Proxenetismo, que actuó como acusación particular en el caso. Durante el juicio, los escabrosos testimonios de las prostitutas contratadas para el político sensibilizaron en contra del mercado del sexo. Algo parecido ha ocurrido en la Asamblea con la comparecencia de prostitutas que han demostrado, como ha dicho la socialista Catherine Coutelle, que “no hay prostitución feliz”.

La norma, además de suprimir el delito de captación de clientes y pasar a considerar a las prostitutas víctimas del comercio del sexo, crea un fondo de 4,8 millones de euros anuales para prevenir y acompañar a las que deseen abandonar tal actividad. Las de origen extranjero que lo hagan podrán, además, obtener el permiso de residencia en el país. El ecologista Sergio Coronado considera ridículo el fondo, que supone 160 euros por persona y año. Los diputados han votado en conciencia y Coronado cree que la nueva ley es paternalista, ineficaz y dañina para las prostitutas. El radical Alain Tourret se ha mostrado a favor de despenalizar la venta de sexo, pero no por penalizar al cliente. La socialista Françoise Dubois se ha mostrado contraria a la nueva norma porque esta llevará a las prostitutas a una mayor clandestinidad y mayor precariedad.

En una Asamblea casi vacía (solo han participado 76 de los 577 existentes), agotada por un debate que se ha repetido cuatro veces desde 2013, la ley ha quedado aprobada por 64 votos a favor y 12 en contra. Francia se convierte así en el primer país europeo no nórdico en penalizar a los clientes de la prostitución. El conservador Geoffroy ha pedido al Gobierno que la aplique de verdad.

Fuente: http://internacional.elpais.com/internacional/2016/04/06/actualidad/1459957554_438605.html


La nueva política y el entusiasmo neoliberal por la emprendiduría prostituyente

 (2/04/16)

Parece que el equipo de gobierno del Ayuntamiento de Barcelona está trabajando para proteger los derechos de las mujeres que ejercen la prostitución por voluntad propia y por regular el ejercicio de la misma hasta aquel punto en el que el consistorio tenga competencias.

Este hecho ha ocasionado un movimiento de reacción en contra protagonizado por cuatro alcaldesas del área metropolitana y de diversas entidades feministas, con un cierto liderazgo del Movimiento Democrático de Mujeres (MDM).

Y ha sido la pugna política la que ha provocado que el debate sobre la prostitución y las posiciones enfrentadas en torno a su regulación, salte a los medios en un intercambio de acusaciones por el uso partidista de la cuestión. Y probablemente una parte de esas acusaciones sean ciertas, pues en esto también consiste una parte del ejercicio político, tanto de la nueva como de la vieja política: en defender las propias convicciones y utilizar los medios al alcance para difundirlas, con la pretensión de conseguir una parcela de hegemonía sobre las ideas contrarias por el simple hecho de creer que las propias son mejores y más convenientes para la sociedad en su conjunto. O porque son las que uno defiende como ideario del partido al que pertenece. Es importante recordar que los partidos representan ideologías y que éstas condicionan su mirada de la realidad. Y que también este hecho les legitima a defenderlas por peregrinas que resulten. Por lo tanto, bienvenido el debate.

Espero que continúe y adquiera un calado más hondo, que se presente en toda su complejidad el qué es la prostitución, a quién beneficia, cómo funciona y cuál es su función…por ejemplo. Que se explique y se comprenda, que afloren los datos y las cifras, que se desmonten los mitos. Espero y deseo que cada persona tenga tanta información sobre el tema que le resulte imposible pasar de lado, encogerse de hombros o agarrarse al socorrido “alguna cosa hay que hacer” para evitar cuestionarse o cuestionar lo aceptado socialmente como hecho natural e inevitable, integrado como costumbre o como mal menor.

Es imprescindible que el debate sobre la prostitución tome la calle y esté de boca en boca. Que obligue al posicionamiento personal, que moleste e incomode, para poder desarraigar lo cómodamente instalado y aceptado si queremos abordarla como problema. Que entendamos que su existencia es una consecuencia política, y que unas políticas feministas a favor de la igualdad difícilmente podrán encajar en una perspectiva neoliberal que ofrece los cuerpos al mercado en calidad de mercancía.

Un punto de encuentro entre las distintas posiciones es, que es un problema sobre el que hay que actuar, puede que incluso compartan la conciencia de su magnitud. Ya que la prostitución es lo que se entiende en la intervención social como un “wiked problem”. Ah, perdón, debo especificar que desde las ciencias sociales nunca se aborda la prostitución desde esta perspectiva. A pesar de que es un problema hondamente arraigado, que adquiere aún una mayor complejidad con la globalización, que va en aumento, que afecta a toda la sociedad, que sus víctimas son mayoritariamente mujeres y niñas y las cifras rondan los 40 millones. En cambio, sus consumidores son mayoritariamente hombres, entre los que cabe la posibilidad de que algunos sean interventores o planificadores sociales. Aceptarlo como un problema perverso, por la gravedad de sus consecuencias para toda la sociedad, es imprescindible. Incluso molestando a los científicos sociales si fuese preciso. Así que empecemos a abordarlo como lo que es en realidad; un inmenso problema que afecta a toda la sociedad.

Lo que alimenta la pugna es la discrepancia entre las posibles “soluciones” y es que ésta es la esencia de las políticas. El cómo abordamos un problema, cuál es nuestra mirada sobre el mismo y de dónde partimos; a cuantas personas afecta en sus consecuencias, a quién beneficia o perjudica, a favor de quién decidimos… Una decisión política es un gesto cargado de simbolismo y significado que refleja un ideario y tiene consecuencias sociales siempre. El hecho decisorio es aún más importante cuando es una decisión equivocada o incluso cuando la decisión se evita. La no decisión es una decisión implícita.

Para abordar la prostitución como problema y no como algo irremediable, debemos preguntarnos por las causas. Cuando el problema adquiere las magnitudes de un problema perverso, globalizado, con grandes intereses económicos, con diferentes actores en posiciones marcadamente desiguales y sobredimensionado hay que preguntarse además por las causas de las causas. Y saber de antemano que los problemas complejos requieren soluciones complejas que cuenten con la complicidad social. Que provocarán reacciones y resistencias, que necesitarán diferentes niveles de intervención y diferentes plazos y que los resultados no están garantizados. Que los recursos, serán tan necesarios e importantes como la innovación e imaginación en los planteamientos y diseños de las políticas. Y sobre todo, que tan importante como acertar en la política concreta a desarrollar, es no decidir desarrollar la política equivocada. Porque esto último contribuye a reforzar y enquistar el problema como algo fuertemente fijado y perpetuo que sobrevive en el imaginario como un hecho natural e irremediable. En las políticas sociales un error pesa más que un acierto, es más caro, costoso, frustrante y condiciona y agrava todas las intervenciones posteriores. De hecho este es el círculo reproductor y multiplicador de la mayoría de los problemas sociales, que se inician siendo una injusticia y acaban desarrollando un sistema de explotación de unos sobre otros, acomodado a la naturaleza y a la costumbre.

Es por eso que me parece bien que el debate se amplifique y continúe. Después de todo, el debate sobre la prostitución está en el origen de los movimientos feministas y era la exigencia de las mujeres a no tener que prostituirse, a no ser explotadas, a no tener que vender lo único que poseían, sus cuerpos, lo que les dio empuje. Es la irrupción neoliberal a partir de los años 60 la que introduce el mito de libre elección basada en el consentimiento y plantea el acto de prostituirse como elección personal individualizada al margen de todo contexto social y de aquí a su planteamiento como oferta laboral.

En Barcelona, visibilizar la polémica en torno a las posibilidades regulatorias de la prostitución permite, en parte, presentar las diferentes posiciones, ya que durante los últimos años la actitud del consistorio convergente fue ambigua y tendenciosa. Por una parte, para aplacar las quejas vecinales, optó por penalizar a las prostitutas, admitiendo a posteriori que la recaudación fue bastante escasa. Se trataba de un gesto hipócrita ya que en realidad su postura, sin expresarla abiertamente, estaba a favor de la institución prostituyente. Por esta razón se toleraba el bombardeo en los medios tanto públicos como privados de la promoción de la prostitución como una nueva emprendiduría profesional y empresarial. Y a lo largo de los años han llovido las noticias sobre las ventajas laborales del ejercicio de la prostitución, en comparación con otras actividades profesionales. Y todo han sido alabanzas a los buenos salarios, excelentes condiciones laborales, las posibilidades de conciliación familiar, caché profesional… tanto que no se explica cómo no hemos decidido en considerar la prostitución como nuestra mejor salida profesional. Hacer de prostituta era presentado como una profesión altamente considerada. También bombardearon con la necesidad formativa para un ejercicio de excelencia de oficio. Frivolizaron con el tema profesional en connivencia con el lobby empresarial proxeneta, calculando su aportación al PIB y reclamando la garantía de ventajas fiscales como si se tratara de una actividad de interés social.

Ciudades como Barcelona se incluyen como ciudad altamente cotizada de ocio prostitutivo en las guías turísticas. Y parece ser que esta marca debe ser considerada motivo de orgullo ciudadano, algo así como parte de nuestro patrimonio cultural. Disfrute de nuestro sol y gastronomía mediterránea, visite la Sagrada Familia y eche una cana al aire con nuestras putas, pack de ocio completo.

La polémica desatada permitirá disponer, al menos durante un momento, de un espacio de difusión en el que pueda ser visibilizada y expuesta la opción abolicionista. El feminismo ha evolucionado y ha incorporado la lucha de clases. Sus causas originarias siguen siendo válidas frente a una realidad que se niega a avanzar y por el contrario involuciona. El patriarcado se adapta a los nuevos tiempos y se ajusta y apoya en el neoliberalismo. En sus postulados, los neoliberales, cualquier intento de nueva política queda desvirtuada por su descreencia en lo colectivo, solo lo individual, aislado y la lucha cuerpo a cuerpo tienen representación.

Frente a esta realidad, el feminismo en su apuesta por el abolicionismo de la prostitución, reclama la vigencia de los derechos humanos y sociales, también para las prostitutas, no por su actividad sino por su condición de personas. Y por lo tanto reclama con urgencia unas políticas adecuadas a la solución del problema y no a su pervivencia y aceptación resignada como mal menor.

Dichas políticas deben tener la aspiración legítima de la erradicación de la prostitución y no solo a que su práctica se haga con garantías sanitarias. Su lógica de abordaje debe ser la de los “problemas perversos” y dotarlas de fondos y recursos suficientes y sostenidos en el tiempo con un compromiso institucional mantenido. Toda la acción de gobierno debe tener contenido igualitario. Con políticas específicas de apoyo a las mujeres que ejercen la prostitución, que las capaciten y les ofrezcan alternativas tanto si desean salir como seguir con su ejercicio. La mirada solo puede ser bajo una perspectiva feminista y de género y en este sentido no hay atajos ni medias tintas, el feminismo solo puede ser ideológicamente de izquierdas y no tiene cabida en un marco neoliberal.

Se debe escuchar la voz de todos los actores sociales y también de las prostitutas, también de aquellas que quieren dejar de serlo, y de todas las mujeres que no queremos prostituirnos jamás. La prostitución como institución tiene consecuencias en toda la sociedad, todos estamos afectados y todos tenemos que tener una opinión formada al respecto basada en los valores para la convivencia, no para el ocultamiento hipócrita. Y se deben establecer procesos de mediación para el conocimiento y comprensión de la problemática, para que sea la propia sociedad la que contribuya a sancionar su uso y promueva cambios en la socialización de los jóvenes y desarrollen otras actitudes hacia la sexualidad.

Es imprescindible centrar el debate en el consumidor, la mayor incidencia para su erradicación debe estar centrada en la demanda. Su consumo debe ser sancionado socialmente, no se trata en exclusiva de una penalización, se trata de la reprobación de los actos. De la misma manera que se rechaza al maltratador, también el putero debe ser cuestionado, no puede aceptarse como natural y sin consecuencias un ocio que se disfruta en cuerpos ajenos. Trasladar el centro de la polémica de las prostitutas y sus motivos, al silenciado y aceptado putero y sus razones para necesitar una sexualidad vejatoria sí que sería verdaderamente innovador y cambiaría el rumbo de las políticas. También necesitamos incorporar el discurso, también silenciado, de todos aquellos hombres que no necesitan de este tipo de prácticas y que son contrarios a las mismas, ellos deben explicitar sus razones si queremos desmontar el discurso de la necesidad imperiosa de una sexualidad cosificada.

Debemos desmontar las falacias y mitos construidos en torno a una sexualidad basada en el consumo y regida por el sacrosanto mercado. No podemos aceptar como natural la compra y venta de los cuerpos, o trozos de cuerpos de las mujeres, por ser lo único que tienen, con la ilusión engañosa de una elección voluntaria que nos exculpa. No existe la libertad de elegir ante una necesidad perentoria. Pero sí podemos elegir libremente, como acto de voluntad y de afirmación, frente a un ocio o una sexualidad banal y vejatoria. Lo más transgresor en estos casos es decir NO.

Para los hacedores de la nueva política desde el ámbito municipal les dejo unas palabras de Beatriz Gimeno de la que es reconocida su militancia feminista y política, también conocedora en profundidad del tema y que en la actualidad hace nueva política sin perder el oremus ideológico;

“…ocurre a menudo que este feminismo supuestamente de izquierdas usa un lenguaje que tiene la virtud de hacer aparecer el mercado como un espacio neutral ideológicamente hablando y el contrato de la prostitución en particular como una metáfora que sirve para valorarlo.

La regulación de la prostitución solo es defendible desde posiciones neoliberales, de ahí que sus principales defensores en la actualidad sean los empresarios y todas las empresas que se lucran de la misma, así como la derecha política que una vez liberada de la moralina conservadora ha comprendido muy rápido que esa regulación es perfectamente coherente con sus postulados políticos. (…) Así los partidarios de la regulación no se meten en disquisiciones éticas y simplemente constatan que existe, que es inevitable, y por tanto sostienen que una cierta parte de ella debe ser permitida, sujeta a permisos e impuestos…”

Fuente:http://www.publicoscopia.com/tribuna-libre/item/5613-la.nueva-politica-y-el-entusiasmo-neoliberal-por-la-emprendiduria-prostituyente.html


«Las putas también son mujeres»… Y las mujeres, ¿prostituibles?

Sylviane DAHAN SELLEM (3/04/16)

«Las putas también son mujeres». He aquí el eslogan «rompedor» bajo el cual se han publicado estos días artículos y manifiestos a favor de la regularización de la prostitución. Cabe pensar que los autores o autoras de la frase en cuestión, que reivindican dicha legalización en nombre de los derechos que con ello – supuestamente – obtendrían las mujeres en situación de prostitución, pretenden subrayar que, como mujeres que son, deberían disfrutar de las mismas opciones que el resto de la ciudadanía. Sin duda. Pero la formulación tiene trampa y está cargada de veneno. Justamente en lo concerniente a las mujeres y a sus derechos.

«Puta» es quizás la más genuina de las construcciones patriarcales. La prostitución nunca ha sido un oficio de mujeres, sino ante todo un comercio entre hombres. Ninguna mujer nace «puta». Hay hombres que, a través de distintos mecanismos, transforman mujeres en «putas» y las ponen a disposición de los caprichos sexuales de otros hombres. El mismo vocablo «puta», asociado en el imaginario masculino a una sulfurosa mezcla de lascivia y depravación moral, tiene como función desdibujar el papel determinante de los hombres en la prostitución, descargando sobre las espaldas de las mujeres prostituidas la responsabilidad de su propia suerte. Así pues, «puta», lejos de señalar una «profesión», designa fundamentalmente una identidad: una singular identidad de mujer… construida por los hombres.

Y esa identidad se convierte en una prisión degradante. Una cárcel inmaterial, pero de muros insalvables. Por eso resulta una pésima estrategia de emancipación hacer de semejante insulto una bandera («todas somos putas»), trampa en la que caen algunos sectores feministas. Lejos de conmover los cimientos de las relaciones patriarcales, ese «grito transgresor» no hace sino confortar el espacio simbólico de la dominación machista. Más aún. Resulta perfectamente comprensible que haya mujeres en situación de prostitución que reivindiquen su condición de «puta». Pero, por nuestra parte, no tenemos derecho a ignorar el dolor y el llamamiento a la solidaridad que esconde esa actitud; no podemos dejar de ver en ella un gesto elemental de supervivencia en medio de la realidad devastadora de la prostitución. Las mujeres que han logrado escapar de ese mundo – fervientes abolicionistas que se llaman a si mismas «supervivientes» – explican con todo detalle la mecánica de la disociación y de la auto-negación, necesarias para soportar lo insoportable.

Justamente por eso, proclamar que «las putas también son mujeres» encierra otro engaño. La prostitución comporta una dinámica deshumanizadora de la persona prostituida. La mujer pierde su condición de ser humano, con deseos y voluntad propia, para convertirse en una mercancía. La mujer prostituida deviene una mujer asexuada. Cuanto más se transforma en objeto sexual al servicio de los hombres, más forzada se ve a negar y a expulsar su propia sexualidad. Cuanto más se impone sobre esa mujer su condición de prostituida, más dislocada y deshecha queda su humanidad. Cuidado, pues. Bajo una apariencia inocente, la afirmación según la cual «las putas también son mujeres» cumple una función profundamente reaccionaria: negar la violencia que se ejerce sobre la mujer a lo largo de todo el proceso de su prostitución – un violencia que mina los cimientos de la integridad de la mujer. El número de asesinatos, violaciones y todo tipo de agresiones; los índices de mortalidad y de drogodependencias que se registran en el mundo de la prostitución, así como los estragos físicos y psicológicos que padecen las mujeres inmersas en él, así lo atestiguan.

Pero la consigna revela también, aunque sea involuntariamente, otra cruel realidad: al transformar algunas mujeres en «putas» (transformación tan radical que hasta parece necesario que se nos recuerde que «también» son mujeres), confirma de modo inapelable que la prostitución es una institución al servicio de los hombres; una institución que consolida y reproduce su condición dominante. Entendemos que, al pronunciar la frase en un tono reivindicativo, se está pidiendo a los hombres que prostituyan a las mujeres con cierta consideración, sin excesiva brutalidad. Pero no se cuestiona en absoluto su privilegio ancestral de seguir abusando de ellas. En una palabra: la prostitución es aceptada como un derecho de hombre. (La presencia de hombres y de transexuales en el universo de la prostitución no desmiente, sino que hace más patente aún esta realidad: los «clientes», aquellos que compran favores sexuales desde una posición de superioridad, son siempre hombres). Nada nuevo bajo el sol. En tiempos de la esclavitud también surgieron corrientes de opinión que propugnaban tratar a los negros de manera más piadosa. Como diría Rajoy, «somos sentimientos y tenemos personas». «Cuando ‘vayáis de putas’, se infiere que están diciendo, no perdáis de vista que esas criaturas tienen también su corazón». Un poco de desodorante y una negociación amistosa del precio del servicio harán la cosa más llevadera. Cuando menos para la conciencia del putero – si es que se plantea algún dilema moral. Sin embargo, resulta dudoso que tales prevenciones mejoren la situación de una mujer que, además de soportar una relación sexual no deseada, se verá conminada a responder con un fingido sentimiento de ternura a la «amabilidad» de quien la somete a una violación tarifada. Ya no basta con poseer el cuerpo de la mujer; hace falta penetrar también en la esfera de sus emociones, asaltar el último reducto de su intimidad.

Y es que, en la prostitución, sólo prevalecen los derechos de los proxenetas y de los puteros. Nunca los de las mujeres. Resulta imposible tejer un sistema de derechos – sociales, laborales, de ciudadanía… – por debajo de un umbral elemental de reconocimiento de los derechos humanos de las personas. Pero, como veíamos, la «puta» es la mujer privada de su condición humana. Los abogados del «trabajo sexual» repiten hasta la náusea que se trata de retirar el estigma que pesa sobre las mujeres prostituidas. Pero su discurso sólo restituye cierta consideración social hacia la prostitución, que pretende normalizar, no hacia las mujeres. El estigma es inseparable de la «puta» porque radica en la sumisión de la mujer. Y eso es justamente lo que fascina al hombre. El sexo actúa como vector, por descontado. Pero, a cada paso, la prostitución se nos revela como una cuestión de poder, de dominación machista.

En la época del capitalismo globalizado, esa dominación y su reproducción se han convertido en una fuente de ganancias colosales a través de las industrias del sexo, de la prostitución y la pornografía. Y, por supuesto, no se trata de beneficios para las mujeres. Ni las prostituidas, ni las demás. Pero esta época es igualmente la de la hegemonía cultural del liberalismo. Sólo en ese marco, bajo las formidables presiones de grupos donde se alían crimen organizado y finanzas, y merced a su decisiva influencia sobre los poderes públicos, los medios de comunicación y el mundo académico, es explicable la derrota ideológica de una parte de la izquierda y del feminismo, que reconocen hoy la prostitución como una opción laboral aceptable y regulable. Hasta las últimas décadas del siglo XX, toas las corrientes tradicionales del movimiento obrero y democrático se declaraban abolicionistas. El feminismo histórico luchó contra la prostitución incluso antes de reivindicar el derecho de voto para las mujeres.

El debate sobre la prostitución no es una discusión civilizada, una controversia intelectual entre opiniones divergentes acerca de una cuestión filosófica. No. Este debate refleja una virulenta lucha de clases y un bronco combate del patriarcado para mantener su preeminencia en nuestras sociedades. La dureza de las diatribas así lo certifica. Es duro tener que replicar a algunas amigas y amigos bienintencionados que, cuando proclaman que «las putas también son mujeres», están diciendo en realidad que todas las mujeres son susceptibles de ser prostituidas. Y están diciendo también que, aparte de algunos arreglos que nunca terminan de concretarse, no hay ninguna razón para que aquellas mujeres que ya lo fueron salgan del mundo de la prostitución. Dicho de otro modo: resulta muy desagradable afirmar que una parte de nuestra gente está interiorizando el discurso de los proxenetas. Pero el destino de millones de mujeres y niñas que, año tras año y siguiendo una curva ascendente, caen en sus redes todavía lo es más.

Nada nos ahorrará tener que escoger entre los dos grandes modelos que hoy se confrontan en Europa. El modelo sueco, abolicionista y feminista… o el alemán, que ha propiciado una extraordinaria expansión de la industrias del sexo. Y nada ahorrará a la izquierda y al feminismo un doloroso examen de conciencia para recuperar su impulso emancipador.

Fuente: https://acciofeminista26n.wordpress.com/2016/04/03/las-putas-tambien-son-mujeres-y-las-mujeres-prostituibles/

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